Transexualidad: una reflexión en torno a la negación del otro
- Dialéctico

- 4 dic 2025
- 5 Min. de lectura

§1. Basta con comprender la siguiente diferencia para acabar, de una vez, y para siempre, la discusión sobre la transexualidad: todos los seres poseemos, tanto una idea esencial, que no se puede oír, ver, oler, degustar ni tocar, pero sí pensar, como una forma fenomenal, que es pensable y, a su vez, sensible a nuestros cinco sentidos. Ejemplo: nuestra idea esencial—o esencia en sí misma—es la idea de lo humano, mientras que nuestra forma fenomenal—o fenómeno en sí mismo—son todas nuestras posibles formas fenomenales de aparecer, siendo las de hombre masculino y las de de mujer femenina las más comunes o paradigmáticas.
§2. Ahora bien, de manera cotidiana juzgamos a todos los seres por su forma fenomenal, es decir, por su aparecer inmediato ante nuestros cinco sentidos, y sólo cuando salimos de nuestra cotidianidad, los juzgamos por su idea esencial, es decir, por su ser inmediato frente a nuestro pensamiento. Este orden del juicio, en el que primero juzgamos lo fenomenal, y luego, lo esencial, es un arma de doble filo, ya que, por un lado, dicho orden judicativo nos permite sobrevivir en un mundo de peligros constantes y cambiantes, pero, por otro lado, nos impide vivir en un mundo en donde prime el ser sobre el aparecer. Ejemplo: si estamos solos en medio de la noche, y vemos a una persona con cara de pocos amigos, es mejor huir de ella, que averiguar si es, o no, un delincuente, aquí nos salva la rapidez del juicio fenomenal; sin embargo, si estamos solos con un nuevo compañero de trabajo, y vemos que tiene cara de pocos amigos, lo mejor es averiguar qué le sucede, en vez de tacharlo de inmediato con algún apelativo negativo, aquí nos condena a la discordia social la rapidez del juicio fenomenal, que es la misma triste condena que sucede con la transexualidad humana.
§3. En efecto, la mayoría de las personas que defienden ‘que un hombre es un hombre, y que una mujer es una mujer’, son incapaces de salir del ordinario juicio fenomenal, y ascender al extraordinario juicio esencial, ya que, por ejemplo, si una mujer no aparece con la forma fenomenal paradigmática de mujer femenina, dichas personas, de inmediato, corren a negar su existencia. Así es, y ampliando nuestro ejemplo anterior, si una mujer tiene pechos planos y un corte de cabello corto, la rapidez del juicio fenomenal corre de inmediato a tacharla de ‘machorra’, negando, así, su existencia como mujer; esto mismo acontece con las personas que nacen con la forma fenomenal paradigmática de hombre masculino, pero que, en su idea esencial, es decir, en su humanidad, son mujeres—por cierto, esta es una realidad sustentable científicamente, y no una mera cuestión ideológica de autopercepción—.
§4. Seamos aún más claros y precisos: la mayoría de las personas que defienden ‘que un hombre es un hombre, y que una mujer es una mujer’, dicen lo que dicen, porque identifican la forma fenomenal con la idea esencial, en otras palabras, creen que el ser es tal cual como aparece, dicho en términos coloquiales, para estas personas, es posible tapar el sol con un dedo. Sin embargo, estas personas no caen en la cuenta de la gigantesca irracionalidad en la que están cayendo, porque están por completo obnubilados por la verdad práctica del mundo fenomenal. Ejemplo: el juicio fenomenal nos dice que el sol sale y se pone; no obstante, el juicio esencial nos dice que es la tierra la gira alrededor del sol. Ahora bien, en términos prácticos, ambos juicios son verdaderos. Pero, si sólo nos acostumbramos a la verdad práctica, y no ascendemos a la verdad auténticamente inolvidable, esta costumbre, tarde o temprano, nos hace caer en todo tipo de injusticias, fealdades y falsedades, como la negación de la existencia del otro.
§5. Muy bien, si nos preguntan, qué es una mujer o qué es un hombre, nuestra respuesta es que son seres mixtos, mejor dicho, cada uno de nosotros somos una fusión entre la idea esencial de humanidad y la forma fenomenal como ella se materializa. Si seguimos este principio, nos es lícito sostener que no somos más o menos mujeres u hombres por ser más o menos idénticos a la forma fenomenal paradigmática en la que se manifiesta lo humano, que es la del hombre masculino y la de la mujer femenina.
§6. Así que, cuando una persona dice que ‘un hombre no puede ser mujer, o una mujer no puede ser hombre’, lo que en realidad está diciendo es que existe la forma fenomenal de lo humano, pero que no existe su idea esencial; dicho de manera aún más simple: que sólo existe lo que sus cinco sentidos son capaces de percibir. Pues bien, esto es una reducción epistemológica insostenible, ya que la inteligencia nos desvela que el mundo es más rico que su mera sensibilidad. Y es en esta riqueza de lo real en la que debemos comprender que una mujer o un hombre pueden manifestarse de múltiples maneras, sean estas cercanas, sean estas lejanas, a las formas fenomenales paradigmáticas en la que se manifiesta la idea esencial de lo humano.
§7. Muchos negarán esta riqueza de lo real, aludiendo, por ejemplo, a los casos deportivos en los que una mujer nacida con la forma fenomenal paradigmática de hombre masculino entra a una competencia de mujeres nacidas con la forma fenomenal paradigmática de mujer femenina y las supera a todas con gran ventaja, como si dicha ventaja, sea justa, sea injusta—esa es otra discusión—, fuera la prueba definitiva para negar la existencia de las mujeres nacidas con la forma fenomenal paradigmática de hombre masculino. Todo lo contrario, dicha ventaja nos muestra que hay otras manifestaciones posibles de la mujer, que no son necesariamente las que manifiesta la forma fenomenal paradigmática de mujer femenina.
§8. Negar, pues, la existencia de las personas que no se ciñen a las formas fenomenales paradigmáticas de hombre masculino y de mujer femenina es totalmente irracional. Una irracionalidad que lleva a la depresión y, cuando ésta se profundiza, a la muerte a las personas que se ven afectadas por el poder bruto de lo irracional.
§9. Nos preguntamos si, por ejemplo, J. K. Rowling o Carolina Sanín son conscientes de que sus respectivas defensas férreas de la forma fenomenal paradigmática de la mujer femenina—y no tan femenina—, es en realidad un discurso capaz de llevar a la depresión profunda y a la muerte a miles de personas. Lo mismo va para personas como Jordan Peterson o Agustín Laje. Estarán, pues, todas estas personas, con una gran capacidad para influir en otras personas y, por lo tanto, con una gran carga de responsabilidad, conscientes de que pueden estar promoviendo algo realmente peligroso?



Comentarios