Mascotistas: una reflexión en torno a la libertad de los animales
- Dialéctico

- 2 dic 2025
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§ 1. Un repentino día, cuando era adolescente, mi madre llegó a la casa con una cara sucia metida en una humilde bolsa plástica de franjas blancas y celestes que, por su inesperada semejanza, me recordó a la soberbia camiseta de la selección argentina de fútbol.
§ 2. Cara sucia: así llaman a unos pequeños pericos que viven en Colombia, Venezuela, Brasil y las Antillas Neerlandesas, por el color marrón de las plumas que rodean sus rostros y que les da la apariencia de estar embarrados con lodo.
§ 3. Mas, como todo lo aparente, se trata de una gran injusticia; en este caso, una de índole nominal, ya que, cuando observas de cerca las plumitas de una cara sucia, pronto descubres que ellas no están llenas de sucia fealdad, sino de límpida belleza.
§ 4. Así que, debido a esta injusticia nominal, y a su abundancia, mi madre logró comprar, en una plaza de mercado de Colombia, una pequeña cara sucia a un precio irrisorio.
§ 5. Ese día, yo me molesté con mi madre, porque consideraba que era una total injusticia comprar animales y privarlos de su libertad. En ese entonces no lo sabía, pero la razón tras mi molestia se debía a que yo había captado la idea de la libertad en sí misma. En efecto, era su luz la que entonces guiaba mis sentimientos, pensamientos, acciones, y palabras, a través de las confusas tinieblas que, de manera cotidiana, nublan a la moralidad humana.
§ 6. Sin embargo, como sólo era un adolescente, no pude hacer mucho ni por la idea de la libertad en sí misma ni por la pobre cara sucia: o la cuidaba en casa, o mi madre la devolvía a un destino probablemente peor en la plaza de mercado. Claramente elegí el mal menor.
§ 7. Recuerdo que, cuando decidí cuidar de la cara sucia, me dio mucha tristeza verla metida en esa bolsa plástica albiceleste, la más barata de todas, tan indefensa, tan inquieta, como si la vida valiera nada. Entonces saqué a la cara sucia de la bolsa, con cuidado para que no me picoteara, y ella salió revoloteando de inmediato llena de pánico.
§ 8. No recuerdo cómo, ni cuándo, ni dónde, pero de alguna manera le cortamos las alas para que no pudiera escapar de la casa; y así fue como empezó a vivir con nosotros esta cara sucia a la que llamamos ‘Araita’.
§ 9. Araita era una cara sucia arisca; siempre que podía, me picoteaba. Yo soportaba el dolor mientras trataba de amaestrarla, pero ella era indomable. Cuando yo estaba en casa, sacaba a Araita de su jaula para jugar con ella o darle de comer, y cuando me cansaba, o debía hacer otras actividades, la dejaba a solas en las ventanas de la casa o en un palo que estaba en el patio. En las noches, volvía a encerrarla en su jaula, creyendo que así la cuidaba, aunque en el fondo sentía que no era más que su vil carcelero. Conque esta era mi rutina con Araita.
§ 10. Una inesperada tarde, iba a sacar a Araita de su jaula para jugar con ella, cuando de repente salió volando. Sus alas habían vuelto a crecer sin siquiera percatarme. Entonces yo entré en desesperación, porque temía que le pasara algo malo y que, tal vez, nunca más la volvería a ver. Corrí desesperadamente tras de ella, pero no la encontraba. Buscaba y buscaba cada vez más desesperado por todo el barrio, pero no la encontraba. Otras personas, creo que mi madre, mi hermana, y un amigo de ella, se unieron en mi búsqueda de Araita.
§ 11. Poco a poco la tarde iba cayendo, y yo no encontraba a Araita. Hasta que alguien me dijo que estaba en un árbol de un parque que estaba detrás de mi casa. Corrí y allí estaba Araita. No podía verla, pero sí escuchaba sus graznidos. Guiados por ellos, por fin logré verla en un árbol. Traté de treparme para agarrarla, pero ella voló a otro árbol. Mi madre trajo un palo de escoba para bajarla. Yo intentaba convencer a Araita, pero ella solo graznaba y graznaba sin hacer caso.
§ 12. Cuando la tarde ya era púrpura, anunciando la inminente llegada de la noche, Araita voló a la copa de un árbol más grande. Entonces mi desesperación por ella se tornó en impotencia, porque presentía que ya no la volvería a ver; y así fue: mi cara se llenó de lágrimas cuando Araita salió volando de la copa de ese enorme árbol y se perdió para siempre junto con el sol que se ocultaba en el horizonte.
§ 13. Lloré y lloré, y en un momento de repentina e inesperada claridad me dije a mí mismo que el escape de Araita había sido lo mejor: ella había volado hacia su libertad.
Hoy en día, no tengo mascotas, porque descubrí que, sin importar cuánto amor y cuidado les demos a los animales, mal llamados de ‘compañía’, aquellos no deben vivir en nuestras casas privados de su libertad, y menos para satisfacer nuestras carencias existenciales.
§ 14. Es por este descubrimiento que ahora me da rabia ver a un perrito solitario, triste y castrado en un balcón de un diminuto apartamento, añorando salir al campo a correr con otros perros y ser él mismo. También me da rabia ver a una gatita solitaria, hambrienta y esterilizada en una diminuta casa, esperando a que su “ama” llegue para poder sentir que no muere de hambre y de abandono. Y me da todavía más rabia ver a un lorito solitario, enjaulado, con sus alas mutiladas en el patio de una finca, graznando con el día en el que pueda volver a surcar los cielos con otros loros y ser él mismo.
§ 15. Pero, ¿por qué los mascotistas no sienten esta misma rabia? ¿Por qué los que se sienten orgullosos de tener “perrhijos”, “gathijos” y “lorhijos” no sienten esta misma rabia? ¡Porque no son libres! ¡Porque son esclavos de sus propias carencias existenciales! Esta es una verdad que llena de irracional furia a todos los mascotistas, porque sienten que no es así, porque sienten que realmente les están haciendo un gran bien a sus mascotas, cuando en realidad les hacen un gran mal.
§ 16. Ahora bien, ¿cuáles son estas carencias existenciales que están falsamente supliendo las mascotas o “animales de compañía”? Fundamentalmente, son estas tres: la carencia de imperar, que es propia de hombres débiles, sea en espíritu, sea en cuerpo, sea en ambos; la carencia de procrear, que es propia de mujeres infértiles, ya en espíritu, ya en cuerpo, ya en ambos; y la carencia de gozar, que es propia de niños descuidados, o en espíritu, o en cuerpo, o en ambos.
§ 17. En efecto, en el caso de la mayoría de los hombres mascotistas, estos se sienten imperantes, por ejemplo, cuando sacan a pasear un perro con una correa atada en su cuello, pues, así, creen que controlan el destino de un ser vivo—tal como piensan que lo hacen sus jefes en el trabajo—. En el caso de la mayoría de las mujeres mascotistas, estas se sienten procreadoras, por ejemplo, cuando crían una gata a punta de comida ultraprocesada, pues, así, creen que simulan tanto la crianza de un hijo propio como el amor que este les puede ofrecer. Finalmente, en el caso de la mayoría de los niños mascotistas, estos se sienten gozosos, por ejemplo, cuando juegan con un loro y le enseñan a repetir palabras, pues, así, creen que están gozando del cariño y de la compañía de sus padres ausentes.
§ 18. Todas estas carencias existenciales pueden estar presentes de manera simultánea en un mismo ser humano; sin embargo, ellas son más explícitas en los tres casos que señalé.
§ 20. Es justo recalcar que no todos los seres humanos que conviven con animales buscan satisfacer alguna carencia existencial. Muchos lo hacen porque realmente los aman y los respetan, como los biólogos de la vida silvestre, los ecologistas, los guardabosques, o los pastores que trabajan con perros guardianes en el campo.
§ 21. Sé que muchos mascotistas están enojados con estas palabras, pero no se enojen conmigo, ¡enójense con ustedes mismos! ¡Enójense con su propia esclavitud! ¿Quieren ser libres? Entonces que sus actuales mascotas sean sus últimas mascotas: cuídenlas y ámenlas lo máximo que puedan y, cuando ellas fenezcan, no vuelvan a tener más mascotas. Así serán dignos y capaces de romper con el círculo vicioso de esclavitud animal que alimenta al gran círculo malicioso de poder que comienza con las matriarcas y los patriarcas que conforman el secretísimo 1%; y cuyo poderío desciende como una opresiva avalancha de violencia psíquica y somática, desde ellos hacia los hombres, de estos hacia las mujeres, de estas hacia los niños y, finalmente, de estos hasta los animales mascotizados.
§ 22. Abracen, pues, siempre y por siempre la idea de la libertad en sí misma: ella es absoluta, no admite medias tintas; por lo que, antes de encerrar a un perrito, a una gatita, o a un lorito, sea en un apartamento, sea en una casa, sea en una finca, pregúntense a ustedes mismos si con este acto están buscando brindar una vida realmente libre a un animal, o si están intentando suplir alguna carencia existencial. No duden en cuestionarse: ¿quiero un loro o quiero sentirme acompañado?, ¿quiero una gata o quiero ser madre?, ¿quiero un perro o quiero sentirme poderoso?
§ 23. ¿Y qué pasa con los animales de granja? Ellos también merecen su libertad absoluta, pero ésta no llegará hasta que no acontezcan estos tres progresos humanos: primero, la liberación de las mascotas; segundo, la comprensión de que la comida es una fuente de energía, no un templo del placer; y tercero, la creación de una nueva forma de alimento sintética que reúna todo lo que realmente necesita el cuerpo humano para vivir sanamente.



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