Mujer: una reflexión en torno a las protofilósofas
- Dialéctico

- 3 dic 2025
- 5 Min. de lectura

§1. No es descabellado fantasear que el primer ser-humano en asistir al sacro teatro de la idealidad misma haya corrido de inmediato a narrarles a todos sus semejantes, fueran amigos, conocidos e incluso desconocidos, todo acerca de dicho increíble espectáculo—luego de haber salido del éxtasis que este mismo la había insuflado en todo su ser—, debido a que anhelaba compartir, sin ningún tipo de envidia, la misma felicidad en la que él había participado, porque sabía que se es más feliz con otros que a solas; y que la mayoría de sus semejantes, una vez maravillados por sus sabias palabras, lo hayan tratado como si fuera un ser-más-allá-de-lo-humano al que hay que perseguir, “yendo tras sus huellas como tras las de una divinidad” (Fedro, 266b6–7), y al que hay que otorgarle, sin hesitación alguna, el cetro de mando.
§2. Quizás este sea el origen especulativo del primer rey sabio verdadero o de la primera reina sabia auténtica. Si seguimos los relatos de los antiguos helenos sobre los orígenes de los seres-inmortales y de los seres-mortales, como paradigma de todos los relatos de índole teogónica y antropogónica que, hasta ahora y hasta aquí, ha conocido la humanidad, no nos extrañaría que la primera forma auténtica de gobierno real haya sido un matriarcado encabezado por una reina sabia sucedida, a su vez, por otras reinas sabias; reinado matriarcal que, tal vez, inspiró a los antiguos poetas helenos a cantar sobre los primeros gobernantes de Delfos y de su sabiduría oracular, justo como nos lo recuerdan estas palabras esquileanas:
[PITIA] En esta plegaria honro primero, entre todos los seres-divinos a Tierra, la proto-adivina. Tras ella, a Temis que, según se cuenta, fue la segunda en ocupar la sede profética de su madre. Tercera en turno—conforme Temis, nadie la obligó—la estuvo ocupando otra Titánide, hija de Tierra, Febe, que la entregó a Febo como regalo, cuando nació. (Esquilo, Euménides, 1–8)
§3. Conque hay una gran probabilidad de que el primer espectador del divino espectáculo de la idealidad misma haya sido una mujer; y que esta proto-espectadora de las sacras ideas en-sí-mismas haya sido el primer ser-humano en ser coronado reina o matriarca de una comunidad-humana, y en ser reconocido como sabia, aunque lo más probable es que esta mujer extraordinaria haya rechazado todos estos honores otorgados por sus semejantes, afirmando que llamar a un ser-humano “‘sabio’ [le queda] demasiado grande, y [que este honor, así como el de ser llamado ‘rey’,] se le debe otorgar sólo a los seres-divinos” (Platón, Fedro, 278d3–4), rechazo que sus semejantes, a su vez, rechazaron, llamándola sabia y coronándola reina en contra de su voluntad.
§4. Pues bien, esta proto-espectadora de ideas inmortales, y proto-reina de seres-humanos mortales, también fue, sin lugar a duda—si nuestro poder especulativo no nos falla, y cuenta con buena puntería—, la primera filósofa, puesto que no hay “otro modo vida, que el de la verdadera filosofía, que lleve a despreciar el mando político” (República, 7.521b1–2).
§5. Así que este es el feliz origen especulativo de la filosofía, de las filósofas y, sólo posteriormente—con el ascenso de Apolo como gobernante de Delfos—, de los filósofos. Sin embargo, esta época dorada de la filosofía y de las filósofas cayó paulatinamente para más nunca volver a levantarse, pues ante el éxito de las primeras filósofas reinas, llamadas por sus semejantes ‘reinas sabias’ o ‘sabias matriarcas’, para gobernar con justicia, liberando a sus pueblos con bellas y buenas palabras—o proto-leyes—de las cadenas opresoras de todo lo excesivo, emergió una retorcida raza de seres-humanos que anhelaban dicho éxito político, “como si [el ser gobernante] fuera ya algo así como lo bueno [en-sí-mismo]” (Rep., 7.520d1).
§6. En efecto, estos retorcidos seres-humanos, llenos de buenas intenciones, pero con un «excesivo-anhelo-de-poder» (hýbris), intentaron imitar el modo de “vida bueno y medido” (Rep., 7.521a4) de las filósofas reinas, para, así, obtener y gozar de todos los honores y ofrendas en oro, en especias, en pan y en vino, que a ellas les habían otorgado, incluso en contra de su propia voluntad, la mayoría de sus semejantes; pero al hallar un camino extenso, escarpado y lleno de sudores, pronto se rindieron, pues para seguir las huellas de las reinas filósofas no hay que “ser cojo en el amor-al-trabajo, con una mitad dispuesta al trabajo y otra mitad perezosa” (Rep., 7.535d1–3), y ellos eran o cojos en las fatigas propias del cuerpo, como la gimnasia o la caza, o cojos en los estudios propios de la psique, como la música o la dialéctica; además, su cojera también se veía reflejada en que, por un lado, odiaban la mentira voluntaria, pero, por otro lado, amaban la mentira involuntaria; y así mismo cojeaban, como si fueran una suerte de Edipos con los «pies-hinchados» (oidéō+pódes) y descendientes de padres «torcidos» (laioí) y de abuelos que «caminan-a-tropiezos» (labdakídai), con todas las virtudes cardinales, a saber, con la justicia, con la prudencia, con la valentía y con la moderación, pues todas las practicaban a medias, es decir, según les convenía o no ser justos, prudentes, valientes o moderados.
§7. Mas hubo unos cuantos entre estos Edipos que, impulsados por su excesivo-anhelo-de-poder y por una suerte de astucia, lograron evadir dicho camino difícil, recurriendo a un atajo ilícito, pero con apariencia de lícito. Fue así como consiguieron ocultar su cojera, aparentando ser fieles amantes de la virtud, de la verdad y del trabajo; y ya investidos con dicha aparente dignidad, engañaron y manipularon a sus semejantes para que estos les rindieran los mismos honores que a las filósofas reinas. Así nacieron, según nos lo desvela nuestra capacidad retro-especulativa, los tiranos sofistas que, durante el día, aman ser llamados ‘reyes sabios’ y que, durante la noche, sueñan hasta con “acostarse con su[s] [propias] madre[s]” (Rep., 9.571c9–d1); y fue con su ascenso al poder que comenzó el descenso en caída libre del prestigio originario de la filosofía, de las filósofas y de los filósofos, pues aquellos Edipos—que sólo se parecen al Edipo original, el trágico hijo de los reyes tebanos, Yocasta y Layo, en que tienen “[atadas juntas] las articulaciones de los pies [con la desgracia de no saberse desgraciados]” (Sófocles, Edipo Tirano, 718), es decir, de no conocerse a ellos mismos, porque al menos Edipo, ante la sospecha de su desgracia, prefirió la agridulce verdad y herirse “las cuencas de los ojos” (Edipo Tirano, 1270) hasta quedar ciego, antes que seguir viendo la dulce y empalagosa mentira en la que había estado viviendo—como veníamos diciendo, aquellos Edipos se han apoderado de dicho prestigio y lo han mancillado.
§8. Así es, estos Edipos son tan descarados que saben que han matado a sus padres, que se acuestan con sus madres y que han procreado hijos antinaturales, es decir, saben que viven una vida hinchada por los vicios, retorcida por las mentiras y renqueante por la pereza, y aún así conservan sus ojos y se hacen llamar a sí mismos, sin siquiera sonrojarse, ‘amantes-del-saber’, ‘sabios’, y hasta ‘reyes’, cuando suben al poder. Mejor dicho: desde que esta raza de hinchados, retorcidos y renqueantes seres-humanos nació y se revistió con las pieles propias de la filosofía y de la realeza, asemejándose “como el lobo[-sofista] al perro[-filósofo], el animal más salvaje [y ateo] al más manso [y divino]” (Platón, Sofista, 231a6), la mayoría de los seres-humanos ya no ven con confianza, desde entonces y hasta nuestro ahora y aquí, a la filosofía, a las filósofas y a los filósofos, debido a que, casi todos, por no decir todos, los hijos de esta raza bastarda terminaron desvelándose como terribles tiranos amantes-excesivos-del-poder.



Comentarios