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Alofobia: una reflexión en torno a nuestra fobia a la otredad

  • Foto del escritor: Dialéctico
    Dialéctico
  • 2 dic 2025
  • 6 Min. de lectura

§1. Todos somos alofóbicos—del griego állos (otro) y phóbos (fobia)—por naturaleza, es decir, todos somos instintivamente fóbicos a todo lo que no nos es inmediatamente idéntico o semejante, esto es, a la otredad, debido a que esta fobia es uno de nuestros mecanismos primarios de supervivencia. En efecto, sin la alofobia, nosotros, la humanidad entera, no seríamos lo que somos, ni estaríamos en donde estamos, porque ya nos habríamos extinguido al vivir por siempre expuestos a todo tipo de otredades mortales, como las que provienen de las figuras angulosas y afiladas, la astilla de una piedra, la espina de una planta, el aguijón de un animal, que son la otredad de las figuras curvas y suaves que nos son inmediatamente semejantes o idénticas, la tela de un vestido, la textura de un postre, la piel de un cuerpo humano.


§2. Ahora bien, en nuestra actualidad, hay tres grandes alofobias que acontecen a nivel global entre seres humanos—lo que constituye una paradoja, pues somos seres semejantes por naturaleza—, y que nos dividen, quizás, desde el comienzo mismo de la historia de la humanidad, a través de todo tipo de violencias psíquicas y somáticas que abarcan desde las sutiles hasta las fatales.


§3. La primera y la más grande de estas alofobias paradójicas es el clasismo, ya que divide a la humanidad entera en dos clases socioeconómicas, a saber, la clase socioeconómica de los débiles y pobres que temen con intensidad ser oprimidos por los poderosos y ricos, que es la fobia que sienten, por ejemplo, los flacos comunistas por los obesos capitalistas, y la clase socioeconómica de los ricos y poderosos que temen con intensidad ser derrocados por los pobres y débiles, que es la fobia que sienten, por ejemplo, los opulentos derechistas por los modestos izquierdistas.


§4. La segunda más grande de estas alofobias paradójicas es el mal llamado ‘racismo’—biológicamente está demostrado que no hay múltiples y diferentes razas humanas, sino sólo una y la misma raza humana—, ya que subdivide a la humanidad, ya dividida en dos clases socioeconómicas, en cinco razas-culturales, la africana, la americana, la asiática, la europea, y la oceánica, que temen con intensidad ser dominadas culturalmente las unas por las otras, como la fobia que sienten, por ejemplo, los europeos cristianos por los asiáticos musulmanes, o los mestizos americanos por los blancos europeos.


§5. La tercera más grande de estas alofobias paradójicas es el sexismo, ya que subdivide a la humanidad, ya subdividida en dos clases socioeconómicas y cinco razas-culturales, en un número, hasta ahora y hasta aquí, indeterminado de géneros y de orientaciones sexuales que temen con intensidad ser subyugadas sexistamente las unas por las otras, como la fobia que sienten las mujeres por el patriarcado machista, o la fobia que siente los hombres por el matriarcado hipergámico.


§6. Así que el clasismo, el racismo, y el sexismo no son, en principio, actitudes o tendencias discriminatorias y de odio, como habitualmente son concebidos, porque en realidad son alofobias de índole humana que acontecen, no de forma lógica y natural entre otros, sino de manera paradójica y antinatural entre semejantes. En efecto, el poderoso y rico, por ejemplo, no discrimina ni odia, en principio, al débil y pobre por su debilidad y pobreza como tales, sino por su fobia a que éste se apropie de su poderío y de su riqueza para, así, derrocarlo, y, de manera similar, el débil y pobre no discrimina ni odia al poderoso y rico por su poderío y riqueza como tales, sino por su fobia a que éste se apropie de su debilidad y de su pobreza para, así, oprimirlo.


§7. Acabamos de caer en la cuenta de que, quizás, todas las alofobias paradójicas se deben a un único y mismo intenso temor, a saber, la fobia a perder la justa, bella, y verdadera libertad, es decir, el poder ser libres en el mundo; y como el dinamismo entre todo lo que nos hace libres y todo lo que nos hace esclavos acontece, en últimas, en el ámbito de lo político, que es la síntesis de todo lo social y de todo lo económico, cabe especular que la alofobia paradójica original, de la que todas las demás alofobias paradójicas derivan, es, o el clasismo mismo, o alguna otra alofobia muy cercana a ésta.


§8. Nuestra capacidad especulativa nos acaba de indicar que, tal vez, el nombre de la alofobia original, esto es, la fobia a perder el poder más poderoso, el ser libres en el mundo, mora en el siguiente neologismo: cracismo—del griego krátos (poder)—.


§9. Pues bien, ¿algún día los seres humanos dejaremos de ser cracistas, es decir, clasistas, racistas, sexistas, etc.? No, nunca, porque estas alofobias paradójicas son un mecanismo primario y necesario para nuestra supervivencia. Esta respuesta nos es menos extraña si meditamos en torno a los siguientes ejemplos.


§9.1. Si somos débiles y pobres, ¿deberíamos confiar en un grupo de poderosos y ricos que acabamos de conocer en un encuentro inesperado? En este caso, deberíamos apostar mejor por la desconfianza que por la confianza, ya que, si apostamos cándidamente por la confianza, es más probable que caigamos en algún tipo de opresión que en algún tipo de amistad. En cambio, si apostamos sagazmente por la desconfianza, estaremos preparados para toda opresión, pero también para toda amistad. Ahora bien, como la mayoría de nosotros realizamos este tipo de apuestas, que responden a nuestro instinto primitivo de supervivencia, en este tipo de casos, es por esto que tendemos a actuar con gran probabilidad de manera clasista—¡casi como si se tratara de un acto reflejo!—.


§9.2. Entonces, si somos blancos y europeos, ¿deberíamos confiar en un grupo de mestizos americanos que acabamos de conocer en un viaje a Latinoamérica? La respuesta a esta pregunta es, en el fondo, la misma que la de nuestro caso anterior: no deberíamos confiar; y es por esto que lo más probable es que actuemos de manera racista, y sin percatarnos, en este otro caso, por ejemplo, tratando a los mestizos americanos como si estos fueran asaltantes por el mero hecho de ser mestizos americanos.


§9.3. Y si somos mujeres y heterosexuales, ¿deberíamos confiar en un grupo de hombres heterosexuales que acabamos de conocer en un bar? No, al igual que en los dos casos anteriores, no deberíamos confiar; y es por esto que lo más probable es que actuemos de manera sexista, y sin percatarnos, en este otro caso, por ejemplo, tratando a los hombres heterosexuales como si estos fueran unos violadores por el mero hecho de ser hombres heterosexuales.


§10. ¿Todo esto justifica el cracismo, esto es, el clasismo, el racismos, el sexismo, y todos los ‘ismos’ semejantes a estos? ¡Para nada! Ya que el cracismo, al ser una alofobia paradójica, puede y debe ser racionalizado, de tal modo que nuestra fobia a no poder ser libres en el mundo disminuya a medida que conocemos las verdaderas intenciones de nuestros semejantes, sin esperar a que ella desaparezca de manera definitiva, ya que debemos reconocer que el cracismo es uno de nuestros mecanismos primarios de supervivencia que constituyen nuestro instinto primitivo.


§11. No obstante, ¿qué pasa con las personas que no disminuyen su cracismo a pesar de saber que su poder para ser libres en el mundo no se halla amenazado? Pues pasa que son, o personas incapaces psicosomáticamente de acceder a la racionalidad, y que por esto serán juzgadas con dureza ante la ley—por lo menos, hasta que las neurociencias hallen una cura—, o personas que confunden la libertad con el libertinaje.


§12. Bonus: conque la mayoría de los “guerreros de la justicia social”, que creen que poseen una suerte de moral superior porque cumplen a raja tabla el manual del buen woke, son en realidad unos hipócritas, porque pretenden no ser clasistas, ni racistas, ni sexistas, mientras tachan a media humanidad de sí ser todo esto, sin embargo, si les preguntamos cuándo fue la última vez que cenaron con alguien de una clase socioeconómica diferente de la de ellos, o cuándo fue la última vez que se hicieron amigos íntimos de alguien de una raza-cultual diferente de la de ellos, o cuándo fue la última vez que se enamoraron de alguien con un género y una orientación sexual diferente de la de ellos, es muy probable que todos ellos, ellas, y elles, callen vergonzosamente; ¡pero no deberían hacerlo!, ¡ni ellos, ni ellas, ni elles, ni nadie!, ¡porque todos somos cracistas! No obstante, y en esto hemos de ser insistentes, la clave para racionalizar el cracismo consiste en que debemos reconocer que todos lo somos y, desde este reconocimiento, conocer las verdaderas intenciones de nuestros semejantes, que nunca serán un otro para nosotros, para, así, disminuir nuestro cracismo sin sentirnos culpables de no ser moralmente perfectos.

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