Una vida apolítica no merece ser vivida
- Dialéctico

- 1 dic 2025
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§ 1. El ser humano contemporáneo nace en una comunidad y fallece en una comunidad, incluso quienes nacen o fallecen en el aparente aislamiento absoluto, es decir, o en medio de un desierto, o en lo profundo de una selva, o en la soledad de una isla.
§ 2. En efecto, nadie escapa a la vida en común, ya que no hay tierra en el mundo que no pertenezca a una determinada comunidad: ni siquiera la gélida, remota, y desolada tierra antártica es la excepción, ya que este desierto de hielo le pertenece simbólicamente a la comunidad absoluta, es decir, la humanidad entera, de acuerdo con el Tratado Antártico de 1959.
§ 3. Ahora bien, los antiguos helenos de los siglos VIII y II a. C. utilizaban la palabra ‘pólis’ para referirse a toda comunidad bien fortificada, organizada, y autónoma; y por esto denominaban ‘polítai’ a quienes contaban con el derecho a vivir en la pólis, y ‘politikói’ a quienes contaban con el deber de gobernarla.
§ 4. En el siglo XXI d. C., y dejando de lado todo tipo de matices quisquillosos, cabe sostener que las denominaciones contemporáneas que mejor corresponden a estas antiguas palabras helenas son las siguientes: país para pólis, ciudadanos para polítai, y políticos para politikói.
§ 5. Fantaseemos, pues, a continuación, que tenemos la dignidad y la capacidad para transformar la lengua española en un instante, y que gracias a este honor y poder hemos transformado las siguientes palabras de esta forma: país en pólis y ciudadano en político. § 6. Pues bien, si seguimos nuestra anterior fantasía, y la realidad que indicamos al principio de este artículo (§§ 1-2), pronto caemos en la cuenta de que nos es imposible ser apolíticos.
§ 7. Así es, como no hay tierra en el mundo que no sea una pólis, por necesidad, todos nacemos y fallecemos siendo políticos.
§ 8. Sin embargo, nos podrían objetar que ser apolítico no significa ‘quien no participa en la vida de la pólis’, sino ‘quien no participa en el gobierno de la pólis’, por lo que no habría contradicción alguna en ser político y, a la vez, apolítico.
§ 9. No obstante, ni siquiera absteniéndonos de participar en el gobierno de la pólis nos es lícito autodenominarnos ‘apolíticos’, ya que, al vivir en la pólis, por necesidad, gobernamos una micrópolis a la que cotidianamente denominamos ‘hogar’, y resulta que ésta es la unidad articulada de la mixtura política de la que emerge la macrópolis a la que cotidianamente denominamos ‘patria’; y es por esto que, por necesidad, al gobernar directamente lo micro de la pólis, cogobernamos indirectamente lo macro de la misma.
§ 10. Ahora bien, aunque todos somos políticos, incluso quienes niegan serlo, es decir, los apolíticos, es necesario que diferenciemos al político que gobierna su hogar, o micrópolis, del político que gobierna tanto su hogar como su patria, o macrópolis, en otras palabras, es necesario que no identifiquemos al político de lo micro, o micropolítico, con el político de lo macro, o macropolítico, ya que en estos mora esta diferencia fundamental: mientras el primero domina el saber político de forma natural, el segundo lo domina de forma artística.
§ 11. Captemos, pues, a continuación, con mayor sonoridad y claridad, la diferencia fundamental entre el micropolítico y el macropolítico que acabamos de exponer, desvelando, a continuación, la esencia misma del saber político.
§ 11.1. Pues bien, en la antigüedad, popularmente se creía que el saber político era idéntico a la retórica, un artificio con apariencia de arte que convierte el argumento débil en fuerte y el argumento fuerte en débil. En la actualidad, cultamente se cree que el saber político es idéntico a los saberes que se aprenden en la carrera de ciencias políticas.
§ 11.2. No obstante, el saber político, ayer, hoy, mañana, y siempre, es en realidad la capacidad y la dignidad que tenemos todos los seres humanos para discernir el bien del mal.
§ 11.3. Para el filósofo Platón (c. 427 a. C. – 347 a. C.), este poder y honor tenía un nombre propio, a saber, la dialéctica. De modo que, si sostenemos que el saber político es idéntico a la ilustre dialéctica, no estaríamos cometiendo un exabrupto, como sí lo cometía el sofista Gorgias (c. 485 a. C. – c. 376 a. C.) cuando lo identificaba con la infame retórica.
§ 11.4. Ahora que ya desvelamos de forma apresurada, pero no descuidada, la esencia misma del saber político, captemos, pues, con sonora claridad, la diferencia entre el micropolítico y el macropolítico.
§ 11.5. Conque, el micropolítico discierne naturalmente el bien del mal, es decir, mediante el dominio natural de la dialéctica o diálogo-cotidiano, para así gobernar con medida, decoro, y exactitud la micrópolis—su hogar—, mientras que el macropolítico discierne artísticamente el bien del mal, es decir, a través del dominio artificial de la dialéctica o diálogo-metódico, para así gobernar con justicia, belleza, y verdad la macrópolis—su patria—.
§ 11.6. La diferencia fundamental, valga anotar, entre estas dos formas de dominar la dialéctica o de dialogar, es que, por un lado, el diálogo cotidiano es digno y capaz de captar el bien en lo individual, mientras que, por el otro lado, el diálogo metódico es digno y capaz de captarlo en lo comunal, pero no como un bien diferente, sino siendo uno y el mismo bien en los múltiples y diferentes bienes.
§ 12. En conclusión, cuando nos negamos a dialogar sobre política, porque el diálogo siempre termina en conflicto, o cuando nos negamos a votar en las elecciones, porque el voto nunca sirve para nada, o cuando nos negamos a participar en el gobierno, porque la política siempre es corrupta, mejor dicho, cuando nos autoproclamamos ‘apolíticos’, lo que en realidad estamos haciendo es negar tanto la capacidad como la dignidad que más nos atañe, a saber, el don de discernir el bien del mal; y quien niega este don se niega a vivir una vida examinada; y, como decía Sócrates (470/469 a. C. – 399 a. C.), “una vida inexaminada no merece ser vivida por el ser humano”—“ἀνεξέταστος βίος οὐ βιωτὸς ἀνθρώπῳ”—(Apología, 38a5-6).

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