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La fantasía final de la izquierda política

  • Foto del escritor: Dialéctico
    Dialéctico
  • 1 dic 2025
  • 9 Min. de lectura

§ 1. Esta es la fantasía última de la izquierda política: la igualdad material para todos. ¡Qué maravilla! ¿Se imaginan una comunidad humana en la que todos poseamos los mismos bienes materiales, desde la vivienda, la comida, el vestido, la medicina, la educación, el internet, hasta el celular? ¡Sería, sin hesitación alguna, el paraíso en la tierra!


§ 2. Sin embargo, los bienes materiales de nuestra sociedad contemporánea no crecen en infinitos árboles frutales de los que cualquier persona, en cualquier momento, y en cualquier espacio, puede tomar uno de sus infinitos frutos según sus limitadas necesidades reales e ilimitados caprichos fantasmales.


§ 3. En efecto, los bienes materiales de nuestra sociedad contemporánea son frutos finitos de la cooperación humana, mejor dicho, son productos finitos de la combinación del trabajo simple, o del que es realizable luego de una corta preparación, y del trabajo complejo, o del que es realizable luego de una larga preparación; de ahí que en nuestra sociedad contemporánea existan tanto bienes materiales simples, como los metales o las frutas, así como bienes materiales complejos, como las medicinas o los celulares.


§ 4. Ahora bien, si todas nuestras necesidades materiales se satisficieran con bienes materiales simples y fáciles de producir u obtener, habría una mínima posibilidad de que la igualdad material para todos fuera realizable; no obstante, esta mínima posibilidad se reduce a cero cuando comprendemos que las necesidades materiales más apremiantes de nuestra sociedad contemporánea dependen de los bienes materiales simples y complejos difíciles de producir y de obtener.


§ 5. En efecto, y volviendo a nuestros anteriores ejemplos, los metales son bienes materiales simples y difíciles de obtener, mientras que las medicinas son bienes materiales complejos y difíciles de producir. La dificultad, en el primer caso, reside tanto en el proceso de extracción de los minerales, como en el alto riesgo vital que muchas veces implica extraerlos, mientras que en el segundo caso, la dificultad mora tanto en el proceso de producción de las medicinas, como en la alta preparación intelectual que muchas veces implica producirlas.


§ 6. Fantaseemos, no obstante, que se cumple la fantasía final que la izquierda política denomina “ideal último”—una denominación totalmente delirante, porque las ideas no son fantasías, sino realidades realmente reales—, esto es, una sociedad en donde la igualdad material para todos es una realidad, es decir, una sociedad comunista.


§ 6.1. Pues bien, si viviéramos en el comunismo, todos los trabajos deberían ser valorados por igual—de lo contrario, habría clases socioeconómicas antagónicas—. Así, por ejemplo, en el caso de los trabajos simples, valdría lo mismo el largo tiempo y el alto riesgo del minero que el corto tiempo y el bajo riesgo del recolector-de-frutas, mientras que en el caso de los trabajos complejos, valdría lo mismo el largo tiempo y el alto estudio y responsabilidad del farmacéutico que el corto tiempo y el bajo estudio y responsabilidad del ensamblador-de-celulares.


§ 6.2. Conque el valor igualitario del trabajo generaría, en todos los casos, la siguiente injusta contradicción: que lo fácil sea idéntico a lo difícil. Así es, y continuando con nuestro anterior ejemplo, si el valor igualitario del trabajo imperara, esto generaría que la facilidad con la que un recolector-de-frutas o un ensamblador-de-celulares trabajan, con poco o nulo estrés para cumplir con sus respectivos objetivos, sea idéntica a la dificultad con la que un minero o un farmacéutico trabajan, con mucho o severo estrés para cumplir con los suyos.


§ 6.3. Ahora bien, los seres-humanos, como todos los seres en la naturaleza, con rarísimas excepciones, buscamos el estado de menor gasto energético—es bastante probable que esta regla natural que todos sentimos y seguimos en nuestra vida cotidiana se deba al principio físico de mínima energía o acción—.


§ 6.4. Mantengamos, pues, esta regla natural en nuestras memorias y, a continuación, consideremos lo siguiente: si en el comunismo da lo mismo vivir siendo recolector-de-frutas que minero, o ensamblador-de-celulares que farmacéutico, ¿por qué un ser-humano habría de gastar más energía, psíquica (o mental) y somática (o corporal), siendo minero o farmacéutico en vez de ser recolector-de-frutas o ensamblador-de-celulares? En principio, no habría ninguna razón para gastar más energía psicosomática en los primeros trabajos que en los segundos. ¡Conque en el comunismo nadie buscaría ser, por voluntad propia, minero o farmacéutico, porque nadie anhelaría gastar más cuando puede gastar menos por lo mismo!


§ 6.5. Imaginemos, empero, que existen seres-humanos con un espíritu comunista tan grande, que están dispuestos a asumir los trabajos de alto gasto energético psicosomático, esto es, los trabajos simples de alto riesgo y los trabajos complejos de alta preparación y responsabilidad, con tal de que la sociedad comunista salga adelante. No obstante, el número de estos seres-humanos altruistas sería insuficiente para sostener la totalidad de la sociedad comunista, debido a que este acto de altruismo es la excepción, y no la regla, de la preservación humana.


§ 6.6. En efecto, la regla natural de la preservación humana es que cada ser-humano se preocupe: en primer lugar, por su propio bien; en segundo lugar, por el bien de sus seres queridos; en tercer lugar, por el bien de sus bienes materiales; y en cuarto y último lugar, por el bien de sus semejantes, de sus seres queridos, y de sus bienes materiales; mientras que su excepción natural pone en primer lugar lo que su regla natural pone en cuarto lugar, esto es, el bien del otro.


§ 6.7. Conque el comunismo se nos ha desvelado como una utopía, es decir, como una sociedad irrealizable: primero, porque no vivimos únicamente de bienes materiales simples y fáciles de producir o de obtener (§§ 2-5); segundo, porque la mayoría de los seres-humanos no está dispuesta a trabajar más por el mismo valor del trabajo de los que trabajan menos (§§ 6.1-6.4); y tercero, porque la regla natural de la preservación humana es anticomunista, dado que comienza con el bien propio, es decir, con la autopreservación, y termina con el bien del otro, esto es, con la heteropreservación (§§ 6.5-6.6).


§ 6.8. No obstante, imaginemos que surge un colectivo belicoso y poderoso que obligue a trabajar a los seres-humanos pacíficos y mesurados en los trabajos de alto gasto energético psicosomático por el mismo valor que el de los trabajos de bajo gasto energético psicosomático. ¿El resultado? Pues este: ¡bienvenidos a lo que Marx denominó “la dictadura revolucionaria del proletariado” (Marx, 2011, p. 670)! ¡Bienvenidos a la dictadura socialista! Bienvenidos a la verdadera fantasía final y retorcida de la izquierda política radical, a saber: ¡la igualdad material para todos a través de la ultraviolencia del monopolio estatal de las armas!


§ 6.9. En efecto, los teóricos del comunismo creen que antes de que aparezca la sociedad comunista debe establecerse una sociedad socialista transitoria en la que la gente deberá aprender a vivir en comunismo por medio de la ultraviolencia del monopolio estatal de las armas, hasta que todos caigan en la cuenta de que es mejor ser una suerte de santo altruista en una sociedad sin clases socioeconómicas, que ser un despreciable demonio egoísta en una sociedad jerarquizada de forma social y económica o sociedad capitalista.


§ 6.10. Sin embargo, los seres-humanos somos libres por naturaleza—es decir, obedecemos al mismo y único orden natural del bien—; y es por esto que nadie está dispuesto a cambiar radicalmente su forma libre de ser por una manera artificial de ser, mucho menos si esto implica el uso de la ultraviolencia psíquica, o somática, o psicosomática, para alcanzar dicho cambio radical.


§ 6.11. Conque esta es la razón fundamental por la que han caído miserablemente la mayoría de las dictaduras revolucionarias del proletariado que han aparecido en nuestra historia reciente: desde la dictadura de los Jemeres Rojos en Camboya (1975–1979), pasando por la dictadura—impuesta—del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) en Alemania del Este (1949–1989), hasta la dictadura del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en la Unión Soviética (1922–1991).


§ 6.12. Empero, ¿y si los comunistas están en lo cierto? Es decir, ¿y si en verdad el egoísmo es la manera irracional de ser del ser-humano que debe ser transformada, ya sea mediante la ultraviolencia somática o condicionamiento corporal, ya sea por medio de la ultraviolencia psíquica o adoctrinamiento mental, en la forma racional de ser del ser-humano, es decir, en el altruismo? La respuesta a esta pregunta es un rotundo—y, a la vez, sorprendente—no.


§ 7. Pero, ¡¿cómo el egoísmo va a ser mejor que el altruismo?! Nos podría reclamar airadamente un comunista; y ciertamente tendría la razón, si el egoísmo se redujera a una suerte de negatividad irracional.


§ 8. En efecto, esta es nuestra hipótesis: lo que denominamos de manera habitual ‘egoísmo’ es en realidad una positividad racional, mejor dicho, especulamos que el egoísmo es la forma de ser natural del ser-humano, mientras que el altruismo es su forma excepcional de ser que, paradójicamente, depende del egoísmo.


§ 9. Tal vez, si recordamos las siguientes palabras de Sócrates al joven Alcibíades consigamos volver fuerte a nuestra débil hipótesis:


Sócrates: —Y así, quien ignora lo que es suyo […] ignoraría también lo que corresponde a los otros.

Alcibíades: —¿Cómo no?

Sócrates: —Y si ignora lo propio de los demás, también ignorará lo referente a los asuntos de la ciudad.

Alcibíades: —Necesariamente.

Sócrates: —Luego tal individuo no podría dedicarse a la política.

Alcibíades: —Claro que no.

(Platón, Alcibíades I, 125e–126a, trad. J. L. Calonge Ruiz, 1992, p. 83)


§ 9.1. Pues bien, este intercambio dialogal entre Sócrates y Alcibíades nos indica que, sin el conocimiento del ser propio del ser-humano es imposible cuidar a otros seres-humanos, ya que, por ejemplo, así como el cardiólogo debe conocer el corazón humano para poder operar el corazón de otros seres-humanos, así mismo cada uno de nosotros debemos conocer nuestro ser propio para poder cuidar el ser de otros seres-humanos.


§ 9.2. Empero, ¿qué ser es el que nos atañe?, mejor dicho, ¿quiénes somos en realidad? Nosotros en realidad somos lo que somos cada vez que sentimos, pensamos, dialogamos, y actuamos de forma justa, bella, y verdadera, en síntesis, cada vez que somos buenos—¡por eso en el derecho penal, la ira y el intenso dolor—que nos sacan fuera de nosotros mismos—pueden constituir una causal de atenuación de la pena!—.


§ 9.3. Conque ser buenos es nuestro ser propio; y si no conocemos nuestra bondad propia, jamás podremos cuidar verdaderamente de los otros. No obstante, ¿cómo obtenemos este conocimiento? Hay dos formas de obtenerlo: la primera, siendo juiciosos; y la segunda, siendo dialécticos. La primera forma nos vuelve políticos o buenos ciudadanos; y la segunda forma nos vuelve filósofos o amantes de la sabiduría del bien.


§ 9.4. Dejemos de lado la segunda forma de obtener el conocimiento de nuestro ser propio y concentrémonos en la primera forma, ya que esta es natural, y aquella es excepcional.


§ 9.5. Así que, para conocernos a nosotros mismos de forma natural hay que ser juiciosos; pero, ¿cómo sabemos que estamos siendo o no siendo juiciosos? Simple: ser juicioso es hacer bien lo que a cada uno de nosotros nos atañe. Por ejemplo: si en la casa es nuestro deber sacar la basura, debemos realizar dicha tarea de forma oportuna, sin excusas inventadas, simplemente haciéndolo bien; y asimismo con todo lo demás; pero sobre todo, con nuestros trabajos propios: que el zapatero produzca zapatos, y no sentencias judiciales; que el juez produzca justicia, y no dictámenes médicos; que el médico produzca salud, y no juicios en torno al bien en sí mismo; y que el filósofo proteja el bien en sí mismo, sin pretender ser médico, juez, ni zapatero.


§ 9.6. Ahora bien, cuando cada uno de nosotros somos juiciosos, acontece un evento maravilloso: aparece la verdadera comunidad humana, o polis, y entonces, cada uno de nosotros se transforma en un verdadero ciudadano, o político.


§ 9.7. En efecto, cuando nos concentramos en lo que realmente nos atañe, y lo hacemos bien, entonces, a los otros—mejor dicho, a nuestros vecinos—, lo queramos o no lo queramos, ¡también les va bien! ¿No es esto realmente maravilloso? ¡El bien es tan bondadoso que incluso irradia su bondad más allá de quien recibe de forma directa su beneficio!


§ 9.8. En otras palabras, sólo siendo egoístas, no en el sentido de acaparar todos los bienes para nosotros mismos sin dejarle nada a nadie, sino en el sentido de vernos a nosotros mismos en el espejo que no refleja nuestro cuerpo, sino nuestro espíritu, es decir, en el espejo del bien que sólo refleja la justicia, la belleza, y la verdad, podemos ser altruistas.


§ 10. Así que el comunismo—es decir, la fantasía final de la izquierda política—busca degenerarnos, a través de la ultraviolencia corporal y espiritual, en altruistas sin ego; una degeneración que es una manera de ser antinatural del ser-humano: primero, porque pretende invertir el principio del bien humano, que parte del ‘ego’ o ser y termina en el ‘alter ego’ u otro (§§ 9.1-9.8); y segundo, porque pretende invertir el principio de la preservación humana, que parte de la autopreservación y termina en la heteropreservación (§§ 6.6-6.7)—notemos que este principio está vinculado al anterior principio por dependencia ontológica—.


§ 11. Gracias a Dios hay un sistema social y económico que nos permite ser altruistas con ego, es decir, ser lo que realmente somos con total libertad; y este sistema es el que surge por necesidad lógica en toda comunidad humana verdadera, a saber, el capitalismo.


§ 12. Continuará…

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